CRUZO la autopista de la noche con los faros
encendidos. La oscuridad se
cierne más
allá de lo que alcanza mi vista. El cuentakilómetros ralentiza la
marcha. Ni
una sola figura bordea el camino. Avanzo sin tino, con el
ronroneo del motor
como eco que no calla.
No reconozco las vías, me pierdo, rodeo, camino más de lo
necesario. De
pronto unas luces muy tenues se descuelgan del cielo, iluminan
una
ciudad que no conozco, sus calles están desiertas con fábricas
abandonadas,
me sobresalto. Llego a una rotonda con varias salidas,
ninguna de ellas tiene
nombre. Doy varias vueltas, al fin me decido
y tomo las más ancha, las demás
son estrechas y empedradas. Ruedo
unos kilómetros con la noche cubriéndome las
espaldas, un pitido me
indica que el combustible entra en la reserva. Pocos
kilómetros podré
aguantar sin repostar. Continúo la marcha aminorando la
velocidad.
Afuera es noche oscura y el frío se palpa.
Ahora recuerdo porqué estoy aquí, me invitaron a una velada tras
de la
cual hubo cena, yo era la única que venía de fuera, los demás se quedaron
allí. Al salir de la ciudad, la oscuridad me confundió. La euforia se me
heló
en los labios.
No voy bien, ni una señal que me pueda orientar. Conduzco sin
encontrar nada mientras el depósito se agota, imposible caminar más,
el motor
se detiene en la raquítica cuneta. Apago las luces y me acurruco,
tan solo el
fulgor de una estrella me envía algo de luz. Como puedo me
abrigo, cierro los
ojos y hago como que duermo.
El ladrido de un perro me sobresalta, se oye cada vez más cerca.
Ahora son sus gemidos los que me congelan. Lo veo venir
entre la sombra,
jadeante. Percibo su temor mucho mayor que el mío.
Está solo, como yo, parece
perdido, como yo, quizá abandonado,
como yo. Abro la puerta y de un salto se
coloca a mi lado. Me
lame las manos y el rostro, me da calor, le acaricio y en
cálido abrazo
nos fundimos, se apagan las últimas luces, se aproxima el alba.


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